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CONSOLANDO EN TODOS LOS SENTIDOS

Hace un año que la conozco y solo unos meses desde que puedo considerarla como una amiga. Si pensaba en ella como alguien mayor que yo no era por la edad, yo 25 y ella 33, como veis no es tanta la diferencia, pero si por el estado. Lucia está casada desde hace 7 años y tiene dos hijas, de 5 y 2 años. Yo sin embargo vivo aun con mis padres y sin ninguna relación seria, solo los típicos rolletes de discoteca de fin de semana que rara vez acaban en un polvote.

Lucia era una de esas madres "cañón", esas madres jóvenes que ves por la calle o parques arrastrando y batallando con las niñas, agachándose al suelo decenas de veces a recoger los juguetes que sus hijos van escampando, dejando ver, consecuentemente, esos preciosos culos embutidos en los vaqueros o los generosos pechos a punto de salirse por el gran escote. Y es entonces en esos momentos cuando te quedas embobado imaginándotelas solo con la ropa interior, tumbadas en el sofá después de una agotadora jornada con las niñas mientras piensan ilusionadas con el fin de la excedencia y la vuelta a sus puestos de trabajo. Para comérselas.

A través de otros amigos me había llegado la información de ciertos problemas matrimoniales de Lucia. No le di ninguna importancia, todos los matrimonios pasan altibajos más o menos frecuentes.

Pero los problemas se iban alargando en el tiempo y consecuentemente se agrandaban. Los amigos se preocupaban y yo no podía evitar también el fantasear cada noche con su cuerpo, masturbándome mientras imaginaba encuentros sexuales apasionados.

Me sorprendía que contará sus problemas y sus sentimientos a todos mis amigos y sin embargo no me dijera nada a mí. Es que además, no solo no me contaba nada, sino que disimulaba cuando estaba conmigo e intentaba crear un clima favorable para que se desahogara y pudiera ayudarle.

Una noche que su marido se fue de viaje, invitó a todo el grupo de amigos a cenar a casa. Entendí mal la hora y aparecí en su casa a las 9 en vez de a las 10. Se sorprendió al verme y yo me sorprendí aun más al verla con un pequeño camisón de seda blanco, que dejaba ver toda la longitud de sus piernas y deliciosos muslos, y con los pechos, de tamaño considerable, sueltos. Los gordos pezones me apuntaban desafiantemente bajo la fina seda del camisón. Antes de poder decir buenas noches ya me había preguntado si llevaría braguitas o iría lo más fresca posible.

Me dijo que acababa de acostar a las niñas y que recién salía de la ducha después de una tarde en la piscina. Me disculpé por el error de haber llegado con tanta antelación y le propuse que me iría a dar una vuelta hasta que llegaran los demás. No tardé ni un segundo en caer en la cuenta de lo tonto que era al hacerle esa propuesta, pudiendo quedarme solo con ella toda una hora disfrutando, visualmente, de su cuerpazo semi desnudo. Afortunada y lógicamente me invitó a pasar y a esperar.

Pasé a la terraza y ella, tras servirme una cerveza, se fue a la cocina a acabar la cena. Pensé, al cabo de un rato, que debía ir a echarle una mano con los preparativos de la cena…aunque en el fondo deseaba echarle la mano a otro sitio. Así que fui para la cocina. La ví con la puerta del frigorífico abierta, quizás buscando algo para sacar. Cuando se dio la vuelta no se esperaba encontrarme. Estaba llorando. Me acerqué a ella y le puse una mano sobre el hombro. El fino tirante resbaló sobre su hombro pero con grandes reflejos se lo volvió a colocar.

Fue entonces cuando se acercó más a mi y le abracé. Se pegó fuerte contra mi cuerpo y colocó su cabeza sobre mi hombro. Estuvimos así unos minutos sin decirnos nada, e inevitablemente mi polla empezó a crecer bajo el fino pantalón de verano que llevaba. Creció hasta que golpeó en su muslo. Lucia reaccionó con un leve suspiro y con un suave movimiento movió sus caderas hacia un lado y mi polla dio justo en el centro de su coñito. Lo había buscado ella, y me sorprendió.

Ese gesto fue el que me permitió lanzarme a conquistar su cuerpo. Comencé a deslizar mi mano por su espalda, dándole suaves caricias, rodeándola literalmente con mis brazos. Poco a poco baje hasta su culazo, era la parte de ella que mas me gustaba, un culo respingón y muy bien formado, bien firme y duro. Empecé a acariciarlo por encima de la suave seda blanca, recorriendo toda su superficie e introduciéndome suavemente en su rajita. Fue entonces cuando acercó sus labios a los míos y nos besamos apasionadamente, más apasionadamente que como seguramente lo hacía con su marido.

Tras unos minutos besándonos y disfrutando de su culo, saque uno de sus pechos por el escote del camisón y me abalancé sobre el, lo chupé casi hasta desgastarlo, mordí su pezón gordo y lo besé igual de apasionadamente que lo había hecho con su boca minutos antes. Repetí la operación con el otro pecho, con la novedad de que cuando lo saqué delicadamente con mis manos, el camisón resbaló por su cuerpo de la forma más sensual que os podéis imaginar, hasta quedar en sus finos tobillos.

Me separé un poco de ella para observar bien su cuerpo entero, pero sus manos no tardaron en coger mi culo y volver a pegarme a ella. Volvimos a abrazarnos, estaba claro que además de un repentino deseo sexual, necesitaba el contacto de un cuerpo amigo que le protegiera y con el que se pudiera desahogar.

Llevé mi mano a su coñito, perfectamente depilado y, para mi sorpresa, empapado por su excitación. Pensé que igual era su primera relación sexual desde que habían empezado los conflictos con su marido. Mi mano se mojó al recorrer la longitud de su vagina. No pude evitar el llevármela a la cara y respirar aquel maravilloso olor que recuerdo a cada momento que pienso en ella.

Me desnude todo lo rápido que pude, y ella se abalanzó sobre mi pecho. Lo besó ansiosamente, lo acarició frenéticamente. Hice una ligera presión sobre sus hombros para que bajara con sus besos hasta mi polla. No pareció entenderlo. Insistí de nuevo empujando suavemente su hombro hacia abajo y sujetándome la polla con la otra mano. Me dijo que nunca lo había hecho. Fue lo primero que dijo desde que había entrado en la cocina.

Me sorprendió mucho que nunca hubiera hecho una mamada. Una mujer con esa boca y esos labios tan carnosos, que parecía tan lanzada y con tanto apetito sexual, joven y bastante liberada…Pero lo hizo de miedo, tan bien que casi me corro en su boca. A Lucía pareció gustarle, la saboreaba en cada chupada y se recreaba lamiendo la punta como si fuera un helado.

Cuando paró de chuparla se agachó a recoger su camisón. Pensé por un momento que ya habíamos acabado, que se había cansado o arrepentido. No podía permitirlo, así que sin saber si le apetecía o no aproveche que tenía su culazo delante mía y en una posición inmejorable, para clavársela de un golpe y cabalgarla salvajemente mientras se tenía que sujetar en la mesa de la cocina. Gimió como una loca, y su culo no puso ninguna resistencia a mi verga. La follé todo lo fuerte que pude, se la metí bien hasta el fondo, hice que disfrutara como nunca.

Como no podía ser de otra manera acabé dentro de su coñito, me corrí dentro de ella, mientras nos besábamos tumbados en el frío e incomodo suelo de la cocina, en el que permanecimos agotados durante unos minutos, abrazados como si fuera un solo cuerpo y pensando en la próxima vez que podríamos hacerlo.

Después de muchos meses fue la primera vez que veía ilusión en sus ojos y una sonrisa en su boca.