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Laura se confiesa (9)

Al cumplir el quinto aniversario de boda, Carlos, seguía siendo mi cornudo marido, me comentó que tenía intenciones de que nos fuéramos a vivir a otra casa, ya habíamos ahorrado lo suficiente y el dueño de la empresa, mi viejo amante de 75 años, sería la garantía para un crédito para pagar la casa en efectivo.

Empecé a ir a ver diferentes propiedades, como vivíamos en departamento, queríamos una casa con jardín y patio trasero en un barrio alejado del centro de la ciudad.

Después de recorrer distintos y variados lugares, encontré un chalet de dos plantas, a muy buen precio, apenas lo ví, me enamoré y dije esto es lo que quiero, el chalet estaba casi destruido, había que hacerle demasiados arreglos, techo, cocina, pintarlo entero, arreglarle las puertas, y algunas ventanas en definitiva, era imposible habitarlo por el momento.

Le dije a Carlos que lo compráramos, el precio era muy bueno, y con lo que nos sobraba de dinero podíamos dejarlo como nuevo, hasta se podía construir una pequeña piscina, para el verano.

Carlos no quería saber nada de eso, pero le dije que viviéramos en el departamento hasta que la gente terminara de acondicionarlo, yo me encargaría personalmente de seguir la obra, luego de varias discusiones por no estar de acuerdo, le hice ver que económicamente era muy favorable, y que me encargaría de seguir la obra paso a paso, que pensara en los veranos calurosos y húmedos, que nos esperaban, y poder construir una piscina que era nuestro sueño. Por fin aceptó

Compramos el chalet, y a la semana se pusieron a trabajar un albañil de unos 60 años y su hijo de 35, y un carpintero. El carpintero, un moreno claro, de 55 años muy bien llevados, muy apuesto, muy varonil, con un gran bigote a lo largo de toda su boca, de cuerpo y manos enormes, viviría en la casa, hasta que nos mudáramos, ya que era un hombre sin familia, y de paso vigilaría por las noches que no se metiera ningún intruso, lo cual a nosotros nos puso muy contentos al saber que nuestro chalet iba a estar cuidado de día y de noche.

Yo iba todas las mañanas a ver como iba la obra, estaba muy entusiasmada, y ayudaba a los trabajadores, alcanzándoles refrescos, café y les preparaba la comida.

Muchas veces almorzábamos los cuatro juntos, les preparaba el desayuno y el almuerzo, de esa manera supe que el albañil se llamaba Tomás, 65 años, jubilado, como la pensión no le alcanzaba para cubrir sus gastos, trabajaba con su hijo de 35 años, que se llamaba Martín, casado con dos niños pequeños, el carpintero se llamaba Jacinto, de 55 años, me miraba sin disimular en lo más mínimo, su deseo hacia mi cuerpo, sus ojos me recorrían de punta a punta, con descaro, su mirada me perturbaba, sentía que ese hombre podía dominarme con solo mirarme y hacer de mi lo que quisiera, los otros dos, no eran indiferentes, pero si, eran más disimulados.

Un mediodía, luego de terminar de almorzar, cada uno fue a su trabajo, me quedé en la cocina, lavando los platos, realmente el carpintero, me inquietaba, tenía un cuerpo musculoso que me fascinaba, y sus ojos tenían la mirada de un depravado, lo imaginaba haciéndome el amor, y eso me excitaba mucho, estaba empezando a sentir mariposas en mi estómago, cada vez que sus ojos se posaban en mi curvilíneo cuerpo.

Cuando estábamos solos hablando de su trabajo, sus ojos iban de mi cara a mis senos, y subían lentamente, hasta llegar a mis ojos y nuevamente bajar a mis senos, yo sentía que mis bragas se mojaban, en ese momento me retiraba con alguna excusa estúpida, no quería mezclar las cosas.

Un mediodía cuando estaba lavando los platos, se acercó por detrás y en silencio, se paró detrás de mío, y su cuerpo me rozó, me sobresalté pero al sentir su contacto, se me puso la piel de gallina, me habló muy quedamente en mi cuello.

-Señora Laura, tengo que arreglar la parte de abajo de la mesada, y necesito espacio, ¿va a demorar mucho?.

Si me daba vuelta, iba a quedar frente a frente y nuestros cuerpos se tocarían, tomé coraje y giré.

-Ya termino Jacinto, son solo cinco minutos los que necesito. Mis senos rozaban su cuerpo, él se acercó más y quedamos muy apretados, sentí su erección, empujaba cada vez más hacia mi, yo sentía como mis bragas se empezaban a mojar, bajó su cabeza, y me dio un beso en el cuello, mientras sus brazos se apoderaron de mi cintura, mientras con su lengua me recorría el brazo, subiendo lentamente hasta mis hombros desnudos, y bajando hasta mis manos, bajaba su lengua y la volvía a subir, sentía la humedad que dejaba su saliva, al tener una minifalda, su otra mano buscaba meterse bajo mi falda.

No podía rebelarme ante su descaro, me gustaba lo que me estaba haciendo.

-Lo que más deseo es esto, estoy muy caliente contigo Laura y se que no te soy indiferente.

Sus labios buscaron mi boca, que ya lo esperaba entreabierta, recibí su beso, con mi boca abierta, su lengua recorrió todo mi paladar, mis dientes, no hubo un lugar que su lengua no palpara dentro de mi boca, yo había perdido toda mi resistencia y me entregué a ese beso, buscando su lengua, frotándola con la mía, nuestras lenguas, fueron una sola, se palpaban, se acariciaban, nos abrazamos enérgicamente, sus dedos ya habían corrido mi tanguita y se introdujeron en mi rajita totalmente húmeda.

Sentimos unos pasos que venían hacia la cocina y debimos separarnos torpemente, era Martín, el hijo del albañil, que vió nuestro movimiento apresurado, sin decir palabra, tomé mi bolso y me despedí hasta el día siguiente.

Mi marido se había ido de viaje por una semana, así que volví al departamento, me habían gustado sus besos, a la noche me dí un baño y me acosté, estaba muy caliente, no podía más de calentura, me acosté desnuda y me masturbé, pensando en Jacinto, en el terrible beso que nos habíamos dado, como su lengua me recorrió los brazos, el cuello, me decidí, me levanté y lo fui a visitar al chalet, a esa hora ya estaba solo, desconecté el teléfono por si me llamaba Carlos, para que no se pudiera comunicar con la casa, estaba a quinientos kilómetros de distancia, llevé mi móvil, porque seguramente al no poder comunicarse por el teléfono fijo, me llamaría al celular.

Tomé la camioneta y me dirigí velozmente al chalet, como tengo llaves, entré directamente, estaba todo oscuro, prendí la luz de la sala y lo veo a Jacinto bajando las escaleras completamente desnudo, al verme se sonrió.

-Creí que era un ladrón Laura, debes avisarme que vienes, mira si te pegaba un tiro confundido.

Mi respuesta fue acercarme a él, y le dí un beso más entusiasta que al mediodía. Jacinto me devolvió el beso, mordiendo mis labios, pasándome la lengua por toda mi cara, me lamía a la vez que gemía pausadamente.

Me alzó en sus fuertes brazos y me llevó al cuarto de arriba, mientras subía la escalera no dejamos de besarnos un momento.

-¿Tu marido?.

-De viaje por una semana, pero tengo en móvil encendido, porque puede llamar en cualquier momento.

-Quédate toda la noche conmigo, no vuelvas al departamento, quiero gozarte, mamarte toda. Me vuelves loco, Laura, te deseo desde el primer momento que te vi, quiero cogerte por todas partes, y se que tú también lo deseas.

Llegamos a lo que él usaba de habitación, había una mesa, y un colchón con mantas en el piso, todo muy limpio y ordenado.

Mientras me desnudaba, me lamía por todas partes, su lengua era ancha y larga, la pasaba incansablemente por todo mi cuerpo, cuando terminó de desnudarme, me tumbó en el colchón, se subió arriba mío, y me estrujó en sus brazos, sus enormes manos de trabajador, ásperas y con algunos callos del trabajo duro, me acariciaban haciéndome vibrar, con sus dedos comenzó a masajearme los pezones, que ante ese contacto se pusieron duros y erectos, tomó su verga dura como una estaca y me la refregó por mi cara, introduciéndola en mi boca, abrí mis labios y me la tragué hasta el fondo, le besé el glande de punta a punta, sintiendo como ese enorme instrumento iba creciendo dentro de mi boca.

Retiró su verga de mi boca, inició un recorrido descendente con su tortuosa lengua, llegando a mi ombligo, fue bajando por mis caderas, mis muslos, hasta llegar a mis pies, luego hizo el mismo recorrido por mi otra pierna, hasta llegar a mi entrepierna, ahí se detuvo, y comenzó a juguetear con mi vagina, se hacía esperar, la demora en sentir su lengua en mi vulva me desesperó, hasta que le pedí que me chupara, que no podía más.

-mmmm, putita, ¿te gusta que te chupe?, mmmm, espera, más, me esperes más me desearás.

Y siguió con su lengua subiendo, subiendo calmosamente, y de nuevo empezó a chuparme las tetas, mientras introducía sus enormes dedos en mi vagina.

-Me encanta cogerme a las mujeres bellas y putitas como tú, y si son casadas, me gustan más, me gusta hacer cornudos a los maridos.

Volvió a bajar con su endemoniada lengua a mi vagina, la fue introduciendo como un pene, la metía y la sacaba , su dedo mayor entraba y salía de mi ano, yo jadeaba y le pedía que siguiera, que no parara, su lengua en punta llegó a mi clítoris, mi suspiro fue el de una verdadera puta hambrienta por las lamidas que me estaba dando, bordeó mi clítoris, lo mordisqueaba con sus labios, lo succionaba hasta hacerme correr en su boca lasciva, y experta, se comió mis jugos, mientras mis espasmos eran cada vez más enérgicos.

Al segundo de mi orgasmo, ya estaba nuevamente arriba mío, saboreándome con su lengua recorriendo palmo a palmo mi cuerpo, tomó su pene y lo introdujo apenas en mi vagina.

-¿Quieres disfrutarlo?

-Sí, ¡damela toda adentro, por favor!.

Me dio vuelta y me puso como un perrito.

-Mientras te cojo, quiero contemplar ese hermoso culo que tienes.

Saqué para afuera mi trasero, y sentí apenas la puntita dentro, sus manos prendidas de mi cintura, y su lengua me atravesaba toda mi espalda no paraba de chuparme toda.

-Damela toda adentro, no me hagas sufrir más, ¡malo!.

Me enterró su gran pene hasta el final, y comenzó a embestirme como un toro salvaje, entraba y salía, luego sus movimientos eran en círculos, con su inmenso dedo anular, me friccionaba el clítoris, mis vibraciones y jadeos ya anunciaban mi nueva corrida, mientras me corría sonaba mi móvil. Era Carlos.

Como pude atendí y sentí la voz de mi marido, algo alterada.

-Laura, ¿dónde estás?, te llamo y no contestas.

-Mira que preguntas pavadas, Carlos ¿dónde voy a estar a estas horas?, en casa.

Mientras hablaba el muy tunante de Jacinto seguía dándome verga, y chupándome por todas partes.

-¿Por qué no has contestado el teléfono?

-Pues aquí no ha sonado ningún teléfono.

-¿Andará mal la línea?.

Jacinto seguía datrás mío, ahora sus manos se habían apoderado de mis pezones, y los masajeaba, yo me incorporé un poco, quedando más pegada a su cuerpo. Su lengua pasaba por mi hombro derecho, del mismo lado que tenía el celular.

-Laura, ¿cómo va la obra?.

-Espectacular, ni te imaginas lo bien que va todo, sacaba mi lengua por el costado de mi boca, y chupaba la lengua de Jacinto, que se había quedado quieto con su pene bien adentro mío.

-Carlos, Jacinto el carpintero es un maestro, no sabes lo bien que trabaja, es un maestro de verdad, con sus manos hace maravillas, ni te lo imaginas.

-Me pone bien que me digas eso, entonces es de confianza.

-Si es el mejor, se lo recomendaría a cualquiera.

Jacinto escuchaba, y seguía bombeándome lentamente, cuando hablé de sus maravillosas manos, me las pasaba por todo el cuerpo.

-Bueno, Laura, me alegro que todo esté bien, te llamo mañana.

-Iré a la compañía de teléfono para que vengan a ver que es lo que pasa con la línea.

-Correcto, un beso y que descanses.

-Igualmente, cariño.

Corté el móvil, y me di vuelta y le dí un beso con mi boca bien abierta, Jacinto se recostó de espaldas, me subí sobre su verga y lo cabalgué.

-Eres una terrible putona, Laura, cómo me ha excitado cogerte mientras hablabas con tu cornudo marido.

-A mi también, es lo que más me excita, que me cojan en sus narices y no se de cuenta.

Mi cuerpo entraba y salía era yo la que se lo cogía con la calidad exquisita de una hembra en celo.

-Cógeme Laura.

Y no me hice rogar, apoyé mis rodillas al costado de su cuerpo, y empecé a disfrutar de esa verga dura, me movía en círculos, para adelante, para atrás, dejé mis pechos colgando sobre su boca para que me los chupara, mientras lo hacía con una de sus manos me rozaba el clítoris, tuve una nueva corrida y otra.

Después me puso boca abajo, y comenzó a besarme el ano.

-Quiero comerme este culo, llenarlo con mi leche.

Puso su enorme dedo en el agujerito de mi ano, lo fue introduciendo poco a poco, con su mano libre me tocaba las tetas, la fue bajando y nuevamente friccionaba mi clítoris muy suave, quitó su dedo de mi ano, y puso su lengua, tener su lengua en mi ano y sus fregadas en mi clítoris, me pusieron muy caliente. Fue dilatando mi ano, el hombre sabía lo que hacía, sabía lo que esos juegos eróticos producían a esta puta sin remedio.

Me penetró por atrás, apenas unos centímetros, sentí dolor y me quejé.

-Tranquila puta, que te va a gustar, te gusta más la verga que cualquier cosa. Zorra, la disfrutarás mucho.

Poco a poco la fue introduciendo, esperó unos segundo para que mi ano se acostumbrara a ese grosor, sus huevos chocaron con mis nalgas, empezó con un movimiento pausado de entrar y salir, todo lo hacía suavemente, hasta que le rogué que me siguiera cogiendo, su meneo empezó a hacerse cada vez más fuerte, me cogía por atrás y me daba su lengua en la espalda, me tocaba las tetas y el clítoris, me cogía como los dioses, tuve dos orgasmos, sentí como su leche era evacuada dentro mío, mientras su respiración era cada vez más agitada.

Caímos rendidos sobre el colchón, besándonos como si fuera la primera vez.

Luego fuimos hasta la cocina a buscar unas cervezas frías, y volvimos a la habitación.

Bebimos y hablamos mucho, nuestra desnudez era sin reservas, tanto la física como la espiritual, nos contamos partes de nuestras vidas.

-No me la has mamado, Laura, quiero que lo hagas.

-Quiero tragarme tu leche, lo deseo.

-Quiero que mientras me la chupas lo llames a tu marido.

-¿Quéééé?

-Si, me ha excitado mucho, cogerte mientras hablas con él por teléfono, si, Laura hazlo. Te chuparé toda y me chuparás y él estará en el teléfono, hazlo ya. No se dará cuenta, lo disfrutaremos mucho, hazlo, fue una orden a la que no me pude negar.

Estaba arrodillada en el colchón. Me tendió el móvil, mientras marcaba el número se recostó y fue bajando mis piernas, hasta que mi sexo quedó dentro de su boca abierta, su poseída lengua, recorrió toda mi vulva, con sus labios me mordía el clítoris, mi rajita ya estaba nuevamente inundada de flujos. El móvil llamaba y mi esposo demoraba en atender. Hasta que por fin atendió.

-¿Quién es?.

-Yo, tu esposa.

Cuando sintió que mi marido atendía se paró frente a mi, y me puso su verga dura en la boca, me la comí entera hasta casi llegar a mi garganta.

-Laura, ¡qué sorpresa!, ¿ocurre algo?.

Saqué su verga y le contesté.

-No, solo que te extrañaba mucho, y su verga volvía a mi boca y la lamía de punta a punta, tenía el mejor glande que yo recordara.

-¿Si?, qué cariñosa. Mi amor, me encantó tu llamado. Mientras Carlos hablaba la chupaba con una morbosidad que hasta a mí me costaba creer, cómo me calentaba la situación.

-Y tú me extrañas?, le pregunté, y la volví a introducir en mi boca con locura desenfrenada.

-Te extraño mucho, nena. Mis manos lo masturbaban, nuestros ojos cómplices se miraban y se sonreían.

-mmmmmmmm, mmmmmmmm, me gusta escuchar eso, Carlos, mi mano magistralmente lo masturbaba, Jacinto estaba como poseído por la situación, ahogó sus quejidos, se mordió los labios para ahogar sus gemidos y que Carlos no lo escuchara y su chorro de semen espeso caía en mi cara, mientras le decía a Carlos.

-Hasta mañana, llámame que te extraño.

-Hasta mañana Laura, yo también te extraño.

Apagué el móvil y le dije ahora quiero correrme yo, con tu lengua.

Y no paró de chuparme toda, hasta hacerme correr muchas veces a lo largo de la noche.

A la mañana cuando llegaron Tomás y Martín nos encontraron desayunando plácidamente. Ellos sospecharon enseguida de que algo había pasado entre nosotros, pero no tenían pruebas para acusarnos de nada, hasta que una tarde a la hora de la siesta…

Mejor eso lo dejo para el próximo relato.

CONTINUARÁ.