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LAS ANDANZAS DE WANDA (I) EL PORTERO Hetero, generales. Una joven busca una oportunidad para tener una experiencia con el portero de su edificio, un señor de unos setenta años.

Mi nombre es Wanda, tengo 24 años y vivo en una de las ciudades más locas del mundo, Buenos Aires. Me vine a la ciudad hace tres años desde un pueblo pequeño, y no puedo sino decir que fue una de las mejores decisiones que tomé. En mi pueblo, nunca hubiera podido disfrutar tanto de las experiencias gozosas de las que disfruto aquí. Tengo amigos, conozco gente todo el tiempo y especialmente disfruto de poder explorar mis propios límites. Este es el relato de alguna de mis experiencias, que espero disfruten.
Tal vez la más frustrante de todas me sucedió con el portero del edificio, un hombre llamado Juan, de unos sesenta años y casi calvo, con una incipiente barriga y las manos más inquietas del Oeste. No era un tipo malo, aunque a veces lo veía tratar de meter mano con alguna de las otras chicas que vivían en el mismo edificio, y, por supuesto, tocarme a mí cada vez que podía. Creo que a su edad aprovechaba cualquier oportunidad para ligar alguna satisfacción, por mínima que fuera.
La mayor parte del tiempo me daba pena el pobre viejo, con sus ojos como botones de gris plomizo recorrerme todo el cuerpo como si fuera una mano. La verdad, en ocasiones me daban ganas de mostrarle como al pasar una teta para que tuviera una alegría y se sonriera por las mañanas pensando que había logrado una gran hazaña. Asumía que ya nadie le daba la suficiente atención como para tener algún polvito de vez en cuando, ya que su mujer había muerto mucho antes de que yo me mudara allí y no lo veía más que espiando a las jovencitas que salían del colegio cercano.